MÁS TEORIA PARA EL AMOR
“Por tanto, la actitud puramente sexual tiene como meta la corporalidad de la otra parte y su ´intentio` no trasciende, por decirlo así, de esta capa. Por el contrario, la actitud erótica, la actitud del enamoramiento, se orienta hacia lo psíquico; pero tampoco ella penetra hasta el verdadero meollo de la otra persona. Esto lo hace solamente la tercera forma, la tercera posible actitud; la del verdadero y auténtico amor.”V. Frankl (1957)
Son las bellas palabras de un gran enamorado, no sólo de una mujer, sino de la vida misma. No es raro que su libro -donde se lee lo antes citado- “Psicoanálisis y Existencialismo”, esté dedicado a la esposa que perdió durante la segunda guerra mundial, en un campo de concentración.
Pretendo dar algunos aportes teóricos, desde el análisis existencial y la logoterapia, sobre el significado del amor, para luego llevarlos al campo del amor de pareja. Si bien estos conceptos pueden “sonar” muy idealistas y hasta delirantes, son, insisto, una teoría producto de una vivencia peculiar del autor (Frankl) y de su reflexión. Sin embargo, no por ser teoría deja de ser importante, sino recordemos a Lipchik cuando dice: “La teoría es una abstracción que parece a veces muy alejada de las conversaciones concretas […]. Sin embargo, es la única solución para un problema […]: el de estar a menudo sentados […] sin saber qué hacer a continuación” líneas más abajo la misma autora escribe: “… la teoría resulta menos temible cuando advertimos que es parte de todo lo que hacemos bien en la vida”. (Lipchick, 2002)[2]. Con esto queda claro que la teoría es importante porque nos asiste justo en esos momentos en los que nos quedamos sin práctica. La teoría nos orienta, nos guía y ayuda a hacer las cosas de la mejor manera; si bien nunca superará a la praxis real y concreta, ésta última, sin la primera, tampoco sería completa.
Partiendo de la cita de Frankl, podemos inferir que dicho autor distingue claramente tres capas, en cuanto amor humano se refiere. La primera es la corpórea, la que se expresa en lo sexual, conocida también como dimensión sexual primitiva: aquella que viene con nosotros y en la cuál Freud basó muchas de sus conclusiones. Es fácil distinguir los amores que sólo se quedan en este nivel, son aquellos que hacen del placer sexual su fin en sí mismo, no buscan compartir sentimientos sino, simplemente, satisfacer impulsos. ¿No hemos escuchado de parejas de una noche? Los famosos “choque y fuga” o la sonada frase: “lo nuestro es sólo sexo”. Aunque este tipo de “amor” también puede darse en parejas que llevan varios meses, incluso años, juntos; encontrando en la genitalidad la manera de llenar algún vacío o la mejor forma de creerse libres y dueños de sí. En este tipo de relaciones la característica es el ego, entendido como el deseo de sentirse algo o alguien, de llegar al clímax, pero sin acción oblativa dirigida a otro, su búsqueda es la ganancia propia.
La segunda capa, es la psíquica, menos individualista y al parecer, más generosa, ya que las parejas comparten sus sentimientos. El deseo sexual no es lo único, sino que uno puede decir que está enamorado o enamorada, que lo han flechado. Las hormonas desatadas toman una connotación afectiva-sentimental y nace el aprecio. Lo importante no es la cópula, sino, sentirse bien junto al otro, disfrutar de su compañía, pues aquella persona posee cualidades que agradan, que lo hacen atractivo y atrayente. La característica de esta capa es un ego menos egoísta y más conmovido; mas estos sentimientos nacen por algo que la otra persona tiene (talentos, lindos ojos, bella sonrisa, buen trato, belleza interior, buenos sentimientos, etc.) y no por lo que ella es. Así, cuando se empieza a sentir incompatibilidad o, cuando el otro u otra ya no tiene lo que antes tenía, los sentimientos empiezan a decrecer y resulta fácil, y entendible, alejarse, desenamorarse, fijarse en alguien más e, inclusive, rechazar -a veces violentamente- a la persona antes “amada”. Ahora bien, el enamoramiento muchas veces puede causar ceguera (idealizar), dependencia, celos y hasta sentimientos de posesividad, pues no se ha profundizado, sino que la relación se centró en emociones y sentimientos poco estables y susceptibles a polaridades fuertes. De ahí surge el adagio: “del odio al amor hay un solo paso”, o aquél que reza: “el amor es ciego”, o ése que se canta: “ódiame por piedad…”
Frente a esto, Frankl nos hablará de una tercera capa, que más que capa (cubierta) es el núcleo de la persona: el espíritu.[3] Frankl nos dice: “El amor es, exactamente, la vivencia de otro ser humano, en todo lo que su vida tiene de peculiar y singular”. Así el amor, el auténtico, se da cuando reconocemos a la otra persona como un ser peculiar, es decir, especial entre todos, y singular, en cuanto es único para mí y único en sí mismo. Suena complicado, pero va más allá de las palabras. Cuando aceptamos a la otra persona con sus limitaciones y capacidades, cuando vemos en ella no sólo lo que es, sino lo que puede llegar a ser, y aceptamos que, ante todo, es un ser libre; es entonces, y sólo entonces, que nuestro amor ha llegado al núcleo de la otra persona. Ver en el ser amado sus potencialidades –lo que puede llegar a ser- es quitarle toda categoría diagnóstica, es confiar en sus recursos, es ver más allá. “… pues el amor no hace al hombre ciego, como a veces se piensa, sino que, por el contrario, le abre los ojos y le aguza la mirada para percibir los valores”, diría Frankl.
Para ahondar un poco más, Frankl nos brinda tres factores, el primero es la gracia, para él, “el amor no es ningún mérito, sino sencillamente una gracia”; dando a entender que el amor que recibimos no depende de lo que hagamos o dejemos de hacer, sino que se nos da de forma gratuita, por nuestra condición de ser humanos, singulares y peculiares. El mejor ejemplo de ello es el amor de madre. Una mamá ama a su hijo aún cuando éste se comporta como delincuente e incluso cuando la ha agredido y defraudado en algún momento. Pero también vemos ejemplos de esposos abnegados que siguen amando a sus esposas con el mal de alzheimer, donde ya no reconocen a nadie, ni se comportan igual, ni sienten lo mismo e, inclusive, ellas mismas han olvidado quienes son. Mas el esposo no ha olvidado quien es ella, todavía ve en ella aquél ser único e irrepetible, lleno de potencialidades –quizás dormidas por el momento- y valores[4]. Ella es el ser a quien le dirige todo su amor de manera gratuita e incondicional.
El segundo factor es el encanto, en palabras sencillas, el amor le da un matiz nuevo a la vida, la llena de alegría y la hace más vivible. Saberse amado y amada llena nuestras actividades de sentido, del mismo modo, amar hace que nuestra existencia no se sienta vacía, sino plena, vuelve al ser humano “… afectado en lo más profundo de su espíritu” (Frankl, 1957)
Por último, el tercer factor es el portento del amor, es decir, la capacidad de dar vida. Jack de Mousieur[5] da una explicación etimológica de la palabra amor, dividiéndola en “a –mor”; llevándola al francés resulta “sans-morte”, que, devolviéndola al español, se lee “sin-muerte”.[6] Esto hace entender que el amor, al ir contra la muerte, promueve la vida y aún más, al ser “sin-muerte”: es eterno. Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿Cuánta vida estamos promoviendo con nuestras parejas? ¿Cuánta y qué vida intentamos dar a las personas que amamos? ¿Nuestras relaciones de pareja están enfocadas hacia una mejor calidad de vida, tanto para nosotros como para el ser amado?
Quizás no parezca sencillo llevar todos estos conceptos a la realidad, probablemente suenan muy tirados de los cabellos. Sin embargo, son comprobables y factibles. Toda la reflexión de Frankl proviene del hombre común, de aquellos en situaciones límite y de aquellos que cruzan nuestras avenidas, pasando desapercibidos, pero con un sentido en sus vidas.
Sólo queda resaltar, y es algo que todos hemos sentido o llegaremos a sentir, que más allá de lo sexual y traspasando lo sentimental, hay un esencia nuestra, un espíritu, que clama ser tomado en cuenta, de manera especial, por nuestras parejas. Al punto que podamos decir no sólo “yo te amo porque te conozco” sino “te amo a pesar de conocerte”. Pues más allá de lo que el otro tenga o pueda dar, hemos optado por reconocer que es libre y capaz de ser distinto. Cuando asumimos esta postura no hay espacio para la dependencia ni para los celos, mucho menos aún para la dejadez o la indiferencia, sino que es posible la libertad con compromiso, o mejor dicho, el compromiso libre y lleno de vida.
Quisiera dejarlos con un fragmento de El principito de Saint Exupéry:“¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "
-¿Crear lazos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...”
También el amor de pareja se trata de eso, de “domesticar” y llegar a ser único para alguien que es único para nosotros. Ahora bien, no se confunda domesticar con manipular o generar dependencia. Domesticar difiere de amaestrar o condicionar. Es llegar al compromiso conciente, implica crecimiento mutuo, conocimiento, tolerancia, respeto, oblación y conflicto constructivo hacia una mejor calidad de vida, siempre en igualdad y, sobre todo, en libertad:
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre; por libertad, así como por la honra, se puede aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.” (Miguel de Cervantes)
Igor Valverde Rodríguez
Estudiante de Psicología del X ciclo