DOLOR DE MACHO

¡El hombre no llora!, sólo calla y sufre internamente.
¡El hombre no llora!, sólo escucha y procesa su dolor sigilosamente.
¡El hombre no llora!, sólo observa y contempla su malestar, sin demostrar lo que siente en realidad.
Así de repetitivas fueron estas palabras durante los momentos de mi infancia, infancia que reprimía progresivamente las emociones experimentadas en mi mundo interior, interior que ¡Sí sentía!, ¡Sí sentía!, ¡Sí sentía!, los latidos del corazón, corazón que transmitía células sanguíneas de tristeza, decepción, angustia y admiración.
Aquellas sensaciones emocionales, contaban con testigos de su aparición, entes no vivientes, como la elegante y robusta pared, como la acogedora y amistosa cama, como la deseada y dócil almohada, ¡Compañeros testigos!, sin capacidad de escuchar ni empatizar ni comprender ni alentar.
A pesar de ello, los constructos machistas pueden flexibilizarse, permitiendo abrir horizontes a nuevas concepciones, las mismas que serán procesadas por nuestro cerebro, si en verdad lo proponemos.
Si no fuera así, lamentablemente, los hombres lamentarán por sus lamentos, lamentos de “macho” encerrados en la compleja red neuronal, activándose y transmitiendo información prohibida, prohibida por la misma naturaleza de carga emocional que la exteriorización conductual demanda.
Si me preguntaran, cómo logré sentarme frente a una dama, para mirar sus ojos y así decirle que tanto la amo, sólo mi silencio conoce el secreto.
Si me preguntaran, cómo conseguí decir un “Te quiero amigo”, sólo mi silencio conoce el secreto.
Si me preguntaran, cómo logré expresar un “Te necesito, ven apóyame amigo”, sólo mi silencio conoce el secreto, secreto que secretamente mantiene mi escueto lado machista, que se cobija y perdura, gracias a mi memorable infancia, infancia de castraciones emocionales, que todo hombre mantiene.
Gustavo Adolfo Morillo Ahumada.
Estudiante de Psicología X ciclo